
Joseba Imanol Ibarra tenía claro que debía hacerlo. Su testimonio no solo era un acto de justicia para sí mismo, sino un compromiso con sus compañeros que no sobrevivieron al horror de la Casa de la Misericordia en Bilbao. Muchos no lograron procesar lo que les había sucedido, otros se negaban a hablar, y algunos ni siquiera reconocían lo que habían vivido como abuso. Pero él, con 73 años, decidió contar su historia, plasmarla en palabras y hacerla llegar al mundo a través de su libro El cuervo de la sotana negra, publicado por Nimbo Ediciones.
En la Casa de la Misericordia, la rutina estaba marcada por misas diarias, rosarios y castigos. Si un niño se equivocaba en una lección, recibía golpes. En aquella época, en cuanto entraban a clase, debían levantar el brazo y cantar el «Cara al Sol». En ocasiones los llevaban a un salón a ver películas de vaqueros, pero antes tenían que soportar entero el Nodo, exaltación del Régimen. No había espacio para el pensamiento crítico ni para cuestionar nada. La enseñanza era repetitiva, acompañada de violencia física y psicológica.
La casa de los horrores
Las confesiones eran otro mecanismo de control. «¿Has pecado contra el sexto mandamiento?», era la pregunta recurrente. Los sacerdotes insistían en saber si los niños se habían tocado, si habían visto a alguien hacerlo en los baños o si habían tenido pensamientos impuros. Los pensamientos eran anulados, las palabras eran dirigidas, y el miedo se convertía en la única guía de comportamiento.
Pero lo peor de todo no era solo la violencia cotidiana, sino los abusos sexuales perpetrados por quienes se suponía que debían protegerlos. Joseba lo recuerda con una claridad dolorosa: el mismo sacerdote que le daba la comunión era quien abusaba de él.
La impunidad y el silencio
Durante años, Joseba intentó buscar justicia, pero se encontró con un muro de silencio. La Iglesia, según él, «está tan enrocada que no puede extirpar a los delincuentes, porque sacerdotes tapan a sacerdotes».
En la Casa de la Misericordia, los niños menores eran abusados por los mayores bajo la complicidad de los adultos. «En cuanto entrabas a ese patio, te tocaba pasar por el baño a masturbar al jefe del grupo», relata con crudeza. La celda de castigo era la sala mortuoria de la residencia de ancianos sin recursos, situada en el mismo edificio. «Dormíamos en el suelo, nos daban duchas de agua fría y pasábamos hambre si nos portábamos mal», recuerda con claridad, pero con la firmeza de quien ha transitado su propio vía crucis personal y hoy puede contarlo.
Contra las voces que se alzan alegando que hay que manifestar este tipo de atrocidades, el autor recuerda que, aún siendo jóvenes, intentaron denunciar lo que habían sufrido, incluso le contaron a otro sacerdote lo que estaba ocurriendo, pero nada cambió: «¿Cómo iba a hacer algo, si el único abusador probado era el propio director?», se pregunta Joseba.
El peso de la denuncia
La decisión de contar su historia no fue fácil. Al principio, incluso dentro del grupo de ex alumnos, hubo resistencia. Algunos le decían que no tenía derecho a denunciar, que la Iglesia les había dado de comer, les había vestido y educado. «Sí, y también nos han violado», les respondía él.
El proceso fue lento. Durante años, Joseba escribió sobre lo ocurrido en verso, incapaz de plasmarlo en prosa. Cada capítulo de su vida quedó registrado en poesía hasta que decidió desarrollar su historia completa en un libro.
En plena pandemia, cuando las denuncias de abusos en la Iglesia salieron a la luz en países como Canadá, Australia, Estados Unidos e Irlanda, en España comenzó a hablarse del tema. Fue entonces cuando Joseba y otros ex alumnos decidieron dar el paso. Se unieron y acudieron a la Unidad de Protección del Menor creada por el obispo de Bilbao, Joseba Segura. Allí denunciaron formalmente los abusos que habían sufrido.
El miedo estuvo presente en todo momento. En dicha Unidad, tuvieron que contar su historia ante un tribunal compuesto por una psicóloga, un policía, una abogada y un miembro de la Iglesia. «Fue un proceso doloroso, pero necesario», admite.
La misa del perdón y la liberación
El obispado de Bilbao organizó una misa del perdón en la catedral. Durante la ceremonia, los ex alumnos presentes subieron al altar y encendieron velas, mientras un sacerdote leía relatos sobre lo que habían pasado. Se plantó un olivo y se colocó una placa reconociendo que la iglesia no estuvo a la altura de los niños que sufrieron abusos en su seno.
Para Joseba, este acto tuvo un significado profundo. «No quiero dinero, no quiero compensaciones económicas. Mi reparación fue esa misa, esa vela encendida en el altar». Sin embargo, también deja claro que esto no es suficiente: «Hasta que la Iglesia no sea capaz de extirpar a los pederastas disfrazados de sacerdotes, esto no se va a curar».
La necesidad de contar la historia
A pesar de las dificultades, Joseba encontró en Nimbo Ediciones un espacio donde su voz fue escuchada. «Toqué muchas puertas, pero nadie quiso publicar mi historia. Me decían que era un tema complicado, que yo no era conocido. Nimbo fue la única editorial que creyó en mí y tuvo el valor de acompañarme».
El cuervo de la sotana negra no es solo una denuncia, es una voz que resuena en el silencio que tantos han impuesto. Es la historia de quienes sobrevivieron y de quienes no pudieron hacerlo, un testimonio que nos recuerda que la impunidad solo se combate con verdad y memoria.
Hoy, Joseba Imanol Ibarra comparte su historia no solo como una cicatriz abierta, sino como un faro para aquellos que aún temen hablar. Leer su libro es más que conocer su historia: es un acto de justicia, una forma de no olvidar y de exigir que esto no vuelva a suceder.
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